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15 diciembre 2012

¿Jueces hijos de puta? Decididamente no.


¿Jueces hijos de puta? Decididamente no. Si esos tres hubieran sido hijos de puta, literalmente hijos de puta, hubieran visto a sus m
adres sufrir. Las hubieran visto llegar muy tarde a la noche, o muy tarde a la mañana, cansadas, ojerosas, borrachas de mil copas tomadas para hacer un mango y asqueadas de mil tipos de los que mejor ni acordarse.
Si estos tres hubieran sido hijos de puta, hubieran visto a sus madres volver a sus casas golpeadas. Humilladas. Violentadas por el fiolo, por los “clientes”, por la policía, por otras mujeres que se creían mejores que ellas simplemente porque tuvieron la suerte de nacer en una cuna un poco más cómoda.
Si estos tres hubieran sido hijos de puta, tal vez habrían esperado durante meses una carta de su mamá, enviada desde vaya uno a saber qué confín de la tierra, desde qué prostíbulo inmundo olvidado a la vera de una ruta que también ya había sido olvidada hace rato. Seguramente, junto con sus abuelas, hubieran esperado también ese giro salvador que les permita comer una noche más o ir un rato más a la escuela. O comprarse zapatos.
Si estos tres hubieran sido hijos de puta, seguramente hubieran visto a sus madres tener que mentir. En el hospital, en la escuela, en el almacén y en la casa de la vecina. Mentir una y mil veces en la comisaría y el juzgado. Mentir porque hay cosas (nombres, historias, lugares) que en la noche no se dicen, porque dan miedo, y también porque no mucha gente está dispuesta a escucharlas.
Si estos tres hubieran sido hijos de puta, seguramente alguno de los tres hoy se estaría preguntando qué le pasó a su mamá, que un día estaba tan contenta que había conseguido trabajo en el sur, y que había prometido volver con plata para poder hacerle una piecita o un baño a la casa, y que nunca más apareció. Y se lo preguntaría él sólo, porque todos los días hay mujeres que se van de sus casas y nunca regresan, y a nadie parece importarle que a dos, tres, cien, mil putas se las traguen esos huecos malolientes a los costados de la ruta, con un farolito rojo que tambalea en el medio de la nada. Porque son putas.
Si aunque sea uno de esos tres jueces hubiera sido hijo de puta, tendría al menos una ligera idea de la mierda que acaban de avalar. Si alguno hubiera sido hijo de puta, hubiera tenido más noción de la vergüenza que da, de lo inmoral, de lo repugnante que es la sentencia que tuvimos que soportar ayer.
Pero está claro que estos no son hijos de puta, son hijos de proxeneta. Y con su sentencia, le acaban de decir a todos los proxenetas del país: “Adelante! Sigan llenando el país de prostíbulos! Sigan sacando a las pibas de sus casas, de sus barrios! Nosotros los cuidamos para que trabajen tranquilos!”.



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