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08 noviembre 2012

Si alguien busca una epopeya, aquí tiene la oportunidad de encontrar una y dar testimonio




Del 13S al 8N
El 13S fue un día sorprendente para los que compartimos sus expresiones, porque fue impactante sentir que nos arropaba una multitud de compatriotas. Impactante para el poder que de golpe se encontró con una marea que repudiaba sus dichos y sus acciones. Una multitud que no faltó al trabajo ni la llevaron, sino que fue por su propios medios y por su libre voluntad.
De todo se ha dicho en los días transcurridos desde ese jueves inolvidable. Entre lo último estuvieron las frases de Laclau, el criptofilósofo inspirador (¿?) del poder. Para él hoy estaremos protagonizando los estertores de la Argentina que está muriendo. Una afirmación por lo menos audaz y descabellada. Porque lo que se observa son claros signos de vida de algo que, si fuera posible, ellos quisieran muerto. El espíritu argentino sediento de libertad. El patriotismo que late orgulloso sobre las epopeyas de nuestro héroes, padres de la patria.  El espíritu que se indigna y se revuelve embravecido cuando contempla la fragata Libertad, encadenada en un puerto africano. Un puerto como esos que recorrió altiva con nuestro pabellón combatiendo a los mercaderes de esclavos  y rescatando a sus víctimas.
Pero todo eso son solo vientos. Vientos que pasan y van. Porque la historia profunda nos dice otra cosa. Porque cuando las muchedumbres salen a la calle y no están celebrando o festejando, algo grave pasa. Cuando todos los que llegan corriendo a la plaza sienten que algo está mal dentro de los altos  edificios, alquilados por  mandatarios con alucinaciones monárquicas.
Algo está pasando. Algo falla en nuestra democracia adolescente, contaminada de mesianismos. Con nuevos próceres sorpresivos, sin la consistencia de las obras ni del tiempo. Cuando la libertad se amenaza con las armas del recaudador de impuestos. Cuando el corralito ya no encierra las monedas, sino que encierra a las personas, dentro de las fronteras que la Constitución siempre aseguró que estuvieran abiertas y  nunca imaginó que se clausuraran desde dentro.
La democracia es , desde los griegos, razón y debate. El lenguaje, la palabra, no solo es el distrito de Jorge Asís. El lenguaje es el vehículo del diálogo. Es el puente entre las ideas diferentes y las emociones opuestas. "Hablando se entiende la gente", escuché decir desde que era chico. Hace ya tiempo que no lo oigo más.
Cuando desde las tribunas y los atriles, también prestados, se grita, se insulta, se descalifica, se hostiga a los otros, a los que piensan o sienten  distinto. Cuando el guiño cómplice y chabacano busca la complicidad de los obsecuentes aplaudidores. Algo huele mal. "Hay algo podrido en Dinamarca". El cuerpo social que nos hermana está herido.
El sentido de Patria está olvidado. ¿Acaso no sentimos un gran peso cuando  decimos Patria?. Porque ya aceptamos que el patriotismo es una emoción obsoleta, fuera de moda. Pero si no hay Patria ni patriotas, tampoco hay compatriotas. Y todos somos extraños y nos vigilamos con desconfianza. Preferimos el silencio escondedor  a las palabras. La sorpresa ventajera al bien común previsible. Ese camino destruye la idea de comunidad de intereses y unidad de propósitos, que yace en la base todo grupo de personas conviviente en un territorio bajo una Constitución.
Si solamente una parte, un sector, un grupo dotado de una especie de mesianismo prosaico, se cree autorizado a ningunear a los demás. Si la razón queda relegada como soporte de la argumentación, entonces desaparecen las explicaciones, no se dan razones, ni se procesan las diferencias de ninguna manera. Solo quedan los gritos y la cadena nacional. Los bombos y los eslóganes simplificadores.
Y la gente ¿qué puede hacer?. Privada del lenguaje, porque este necesita que alguien escuche. Tratada desconsideradamente, por una "Armada Brancaleone" al uso nostro. Si lo recuerdan, se trataba también de un caballero muy delirante que armó una cruzada para "salvar el Santo Sepulcro", (como todas ellas), con una banda de desharrapados. En algún momento se cruzan con un "noble" (¿?) que les cambia de idea. Mejor ir a saquear el castillo de su padre, y hacia allí van. Van por la Patria.
Así estamos. A la intemperie. En la calle. Con la apuesta final de nuestros cuerpos, cuya presencia también pretenden negar, como niegan nuestra voz. Dicen que los votos son suficientes para justificar la democracia. Pero cuando esos votos se usan para escarnecer, para perseguir, para humillar, la democracia se autofagocita. Se enferma y se ataca a sí misma. Si la democracia ataca a sus propios ciudadanos, empieza un comportamiento autoinmune. El poder que debería cuidarnos, nos ataca por sí o por medio de la tolerancia a los verdaderos invasores, delincuentes y terroristas.
Si alguien busca una epopeya, aquí tiene la oportunidad de encontrar una y dar testimonio.

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